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Europa envejece: Oportunidades para una cooperación justa en la captación de talento con América Latina

Europa está envejeciendo. La Unión Europea prevé que la población en sus Estados miembros, pese a una inmigración sostenida, disminuirá de los actuales 451 millones a unos 432 millones de personas para el año 2070. Al mismo tiempo, la proporción de personas mayores que ya no participan en el mercado laboral aumenta rápidamente. Hoy en día, en muchos países europeos, una cuarta parte de la población tiene 65 años o más. Esta evolución demográfica afecta cada vez más a la economía, al crecimiento y al bienestar, y plantea enormes desafíos estructurales para Europa.

Las consecuencias del cambio demográfico ya son claramente visibles: el 63 % de las pequeñas y medianas empresas europeas informan de una falta de personal cualificado. Para 2035, los Estados miembros de la UE podrían enfrentar un déficit de casi 20 millones de trabajadores altamente cualificados. La situación es particularmente crítica en los sectores STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), donde las competencias científicas y tecnológicas son cada vez más esenciales. Aún más alarmante resulta el panorama en el sector sanitario: 21 de los 28 Estados de la UE reportan escasez estructural de médicas y médicos, y faltan en total alrededor de 1,2 millones de profesionales en los sistemas de salud y cuidados.

Profundas repercusiones económicas y geopolíticas: Europa pierde influencia global

Estas tendencias tienen profundas repercusiones económicas y geopolíticas. La persistente escasez de mano de obra calificada debilita la capacidad de innovación de las empresas europeas y frena el crecimiento económico. En consecuencia, Europa pierde influencia global, especialmente frente a China y Estados Unidos. Además, el cambio demográfico agrava los conflictos generacionales dentro de las sociedades europeas. El caso de Alemania ilustra esta dinámica: los recientes debates sobre la reforma del sistema de pensiones generaron tensiones dentro de la coalición de gobierno. Mientras la Junge Union (JU), organización juvenil de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), defendía una modernización del sistema para evitar una carga excesiva sobre las generaciones más jóvenes, el Partido Socialdemócrata (SPD) se opuso firmemente. La disputa derivó casi en una crisis de gobierno. Estas tensiones reflejan cómo los conflictos intergeneracionales pueden poner en riesgo la capacidad de acción política y la estabilidad de los Estados europeos.

Paralelamente, la situación fiscal se vuelve cada vez más delicada. La relación entre población activa y población mayor se inclina aceleradamente hacia quienes ya perciben una pensión. Muchos Estados europeos destinan por ello una parte creciente de sus presupuestos a sostener sus sistemas de pensiones. Alemania es un ejemplo destacado: las transferencias federales al sistema de pensiones representan alrededor de una cuarta parte del presupuesto nacional, es decir, entre 117 y 120 mil millones de euros anuales. Estos recursos faltan luego para inversiones en infraestructura, educación, digitalización e innovación, áreas esenciales para mantener la competitividad a largo plazo.

Latinoamérica como socio

Ante este escenario, Europa necesita urgentemente nuevas estrategias para combatir la escasez de mano de obra y preservar su capacidad de acción económica y geopolítica. Una oportunidad decisiva reside en una cooperación más estrecha con América Latina.

América Latina dispone de una población joven y bien formada que, en muchos países, enfrenta dificultades para integrarse en el mercado laboral. En naciones como Chile y Colombia, la tasa de desempleo entre tituladas y titulados universitarios supera el 6 %. El continente produce cada año grandes grupos de profesionales que no logran acceder a empleos adecuados a su nivel de cualificación. Este potencial podría utilizarse estratégicamente en Europa ante el desafío demográfico.

Ya hoy se observa un aumento del número de profesionales latinoamericanos en Europa, particularmente en España y, de forma creciente, también en Alemania. Entre 2011 y 2021, la población latinoamericana residente en Alemania pasó de 108 100 a 168 300 personas. Aún más relevante es su creciente integración laboral: la proporción de personas entre 15 y 64 años con empleo sujeto a seguridad social aumentó del 28,3 % al 51,5 % en el mismo periodo. Además,  los latinoamericanos trabajan con mayor frecuencia que la población local en ocupaciones de especialistas y expertos, así como en sectores en expansión como tecnologías de la información, salud y servicios sociales.

Programas de migración circular: Europa y Latinoamérica están frente a una gran chance

La construcción en términos de migración entre América Latina y Europa debe garantizar beneficios para todas las partes: para Europa, para los países latinoamericanos y para las personas migrantes. Solo un modelo justo puede garantizar estabilidad y beneficios sostenibles. Una migración unidireccional corre el riesgo de provocar «fuga de cerebros», debilitando el desarrollo de los países latinoamericanos. Europa, por su parte, tiene un interés estratégico en contar con socios latinoamericanos fuertes y dinámicos. Por ello se requieren instrumentos innovadores que permitan una migración justa, equilibrada y circular.

Para comenzar, la contratación de profesionales latinoamericanos no debe derivar en explotación laboral. Resultan fundamentales condiciones de trabajo dignas, remuneración adecuada, seguridad social y procesos ágiles de reconocimiento de títulos extranjeros. Muchos Estados europeos aún muestran importantes rezagos en este punto. Una posible solución serían currículos conjuntos que definan estándares mínimos euro-latinoamericanos, reduciendo a largo plazo las barreras de reconocimiento. Para evitar abusos, los Estados europeos podrían crear un registro de transparencia para intermediarias e intermediarios laborales y establecer un sello europeo de migración justa, que certifique y supervise los procesos de contratación. También sería relevante un sistema bilateral de portabilidad de derechos de seguridad social, que permita acumular y transferir aportes previsionales entre países.

Además, los programas de integración (cursos de idiomas, mentorías, estructuras de acogida) deben facilitar realmente la transición al mercado laboral europeo, evitando obstáculos burocráticos innecesarios. Sin embargo, una asociación migratoria justa requiere soluciones estructurales más profundas. Una opción serían alianzas bilaterales de formación, mediante las cuales Europa financie infraestructura educativa en América Latina que fortalezca la formación tanto para el mercado laboral local como para el europeo. Aunque existen iniciativas como la cooperación de las Cámaras Alemanas de Comercio Exterior para promover la formación dual, estas deberían ampliarse significativamente.

Asimismo, podrían establecerse programas de migración circular que permitan a profesionales trabajar temporalmente en Europa, adquirir experiencia y regresar posteriormente (de forma voluntaria o incentivada) a sus países de origen para impulsar procesos de innovación y desarrollo.  Aquellos que retornen podrían crear empresas, modernizar administraciones públicas o fortalecer los sectores educativo y sanitario. Europa podría apoyar este retorno mediante incentivos financieros, asesoramiento o programas de coinversión para nuevos emprendimientos. De este modo se evitaría una emigración permanente y, al mismo tiempo, se potenciaría la transferencia de conocimientos y tecnologías.

Innovadoras serían también iniciativas multilaterales de talento que incluyan no solo movilidad laboral, sino también programas de investigación conjuntos, plataformas digitales de movilidad, estándares transnacionales de cualificaciones profesionales y la creación de “hubs de talento” en América Latina. En estos centros, empresas europeas podrían colaborar con instituciones educativas locales para formar personal cualificado, garantizando al mismo tiempo desarrollo local y seguridad de planificación para las empresas.

Europa y América Latina enfrentan así una oportunidad histórica: el cambio demográfico obliga a Europa a actuar, mientras que muchos países latinoamericanos disponen de grandes reservas de talento joven que no encuentran un lugar adecuado en sus mercados laborales. Una asociación migratoria estratégica, justa y circular permitiría a ambas regiones desplegar su potencial económico, fortalecer la estabilidad social y consolidar su capacidad de acción geopolítica. En este sentido, la migración no debe entenderse solo como un desafío, sino como una herramienta clave de política global y de desarrollo, capaz de generar beneficios duraderos para Europa, para América Latina y para las personas que se desplazan entre ambos continentes.

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